La caldera de gas en España: por qué cada vez tiene menos sentido
- Core Value Corporation

- 19 nov 2025
- 3 Min. de lectura
Durante décadas, la caldera de gas ha sido el sistema de calefacción por excelencia en España. Era accesible, relativamente económica y cumplía con las necesidades básicas de calefacción y agua caliente en la mayoría de viviendas. Sin embargo, el contexto energético ha cambiado radicalmente y, con él, el papel que ocupa este sistema dentro del hogar.
Hoy, la pregunta ya no es si la caldera de gas seguirá siendo viable en el futuro. La pregunta es cuánto tiempo más tiene sentido seguir apostando por ella.
Un sistema diseñado para otro contexto energético
La caldera de gas nació en un momento en el que:
El gas era barato y estable
No existían grandes restricciones medioambientales
La eficiencia energética no era una prioridad
Las alternativas tecnológicas eran limitadas
Ese escenario ya no existe.
El precio del gas se ha vuelto volátil, la dependencia energética externa es cada vez más evidente y las normativas europeas avanzan hacia un modelo mucho más electrificado y eficiente. Mantener sistemas pensados para un contexto pasado empieza a generar más problemas que ventajas.
Normativas: el cambio no es inmediato, pero es imparable
En España, las calderas de gas no van a desaparecer de un día para otro. No se trata de una prohibición inmediata, sino de un proceso progresivo de desincentivación.
Lo que ya está ocurriendo:
Eliminación o reducción de ayudas para sistemas de combustión
Prioridad clara a tecnologías renovables
Requisitos energéticos cada vez más estrictos en viviendas nuevas
Mayor presión fiscal y regulatoria sobre combustibles fósiles
En obra nueva, la caldera de gas ya es prácticamente inviable desde el punto de vista normativo. En vivienda existente, el camino es el mismo, aunque más gradual.
El problema no es solo el gas, es el modelo
Más allá del combustible, el gran problema de la caldera de gas es su modelo de funcionamiento:

Quema combustible para generar calor
Depende de un suministro externo inestable
Tiene una eficiencia limitada
Genera emisiones directas
Frente a esto, los nuevos sistemas no “generan” calor, sino que aprovechan la energía existente, con rendimientos muy superiores y un impacto ambiental mucho menor.
Costes que ya no se controlan
Uno de los grandes argumentos históricos a favor del gas era su coste. Hoy, ese argumento es cada vez más débil.
Las calderas de gas implican:
Facturas imprevisibles
Dependencia de subidas de precio externas
Costes de mantenimiento periódicos
Revisiones obligatorias
Además, a medida que el gas pierde peso en el mix energético, mantener infraestructuras basadas en él será cada vez más caro.
El error de “cambiar por lo mismo”
Cuando una caldera de gas falla, muchas personas optan por sustituirla por otra similar “porque es lo que conocen”. Esta decisión, tomada casi siempre desde la urgencia, suele ignorar una realidad importante: se está invirtiendo de nuevo en una tecnología con recorrido limitado.
Instalar hoy una nueva caldera de gas es, en muchos casos, prolongar un problema en lugar de resolverlo. Especialmente si se piensa en la vivienda como un espacio que debe adaptarse a los próximos 15 o 20 años.
La alternativa no es el sacrificio, es la evolución
Abandonar la caldera de gas no significa renunciar al confort. Todo lo contrario. Las tecnologías actuales permiten:
Mayor estabilidad térmica
Menor consumo energético
Un único sistema para todo el año
Menos dependencia de combustibles
El cambio no se trata de “pasar frío” o “pagar más”, sino de evolucionar hacia sistemas más coherentes con el contexto actual.





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